Todos somos observados
- Mayra Cotes

- 6 jul
- 5 min de lectura

Creo ya haberles contado que mi primera decisión académica después de terminar el bachillerato, a los quince años, fue estudiar publicidad en la Jorge Tadeo de Bogotá. Y bueno, esa fue la típica historia de la adolescente provinciana a la que le quedó grande vivir fuera de casa, a varios grados menos de los que estaba acostumbrado su escuálido guardarropa de entonces. Pero ese cuento se los desmenuzo después. Ahora quiero centrarme en algo en particular que ocurría por aquellos días. A inicios de los años noventa y como típica primípara, caminaba en rebaño con mis demás compañeras, para las cuales nunca dejé de ser “la costeñita”; así, sin identidad ni especificaciones. Pero rebaño, al fin y al cabo, permanecía pegada a ellas, resguardándome e inmersa en un grupo de variadas inseguridades, sin importarme mucho ver diluida mi individualidad.
Teníamos por costumbre asomarnos a un balcón interno de la institución a ver pasar a todo el que entraba. La costumbre se volvió ritual, tanto que las caras de las personas de otras facultades se nos hacían familiares, y poco a poco fuimos desarrollando afectos y gustos por los hombres que habitualmente veíamos pasar. Ya los esperábamos; cada una tenía su admirado, y era suficiente el fugaz avistamiento para alegrarnos el día.
Prontamente me hice noviecita de uno de los compañeros del salón. Ese romance debe su origen al frío y a mi escueto guardarropa, pero también será un cuento que después les despliego. Por ahora les adelanto que a él le daba pesar ver a la costeñita tiritando de frío y solía cederme su chaqueta. Al coincidir en la misma ruta de bus a casa y sentarnos juntos todos los días en el transporte y en las clases, terminé adosada a él, como rémora a pez espada, el resto del semestre.
Era un chico lindo, decente, de buena familia, respetuoso, con un chispeante sentido del humor y un carisma enorme, así que me sentía muy cobijada —literalmente— a su lado. Pero no nos distraigamos, les contaba de nosotras en el balcón. Éramos como diez chicas y el noviecito de la costeñita, Carlitos —él sí tenía nombre—, quien se nos unió al ritual de observación. Yo, ahora con novio al lado y todo, continuaba señalando quién me parecía lindo y quién no; la fuerza de la costumbre y el efecto de las masas, diría yo. Lo cierto es que Carlitos rara vez se enojaba y no reprochaba mi participación en la evaluación de la pasarela masculina; al contrario, se unía sin mayor reparo al certamen calificando tipos, casi siempre encontrándoles defectos, pero no en mal rollo sino haciendo apuntes chsitosos.
Un día caigo en cuenta de la situación y le pregunto si no le era molesto que estuviera ahí comentando sobre el físico de estos especímenes. Me respondió algo tan filosófico que, tantos años después, sigo masticando el concepto en mi cabeza. Dijo: “No, no me molesta, todos somos observados.

Lo más probable es que en estos momentos haya alguien observándome a mí y diciendo que yo le gusto. Quién quita que en otro rincón de la universidad haya una persona estratégicamente colocada solo para verme asomar acá, o nos vea a ambos y esté pensando: cómo quisiera tener una relación como la de esos dos de allá”...
Años después, en una clase de ética ya para finalizar otra carrera en otra ciudad, volvió el tema de ser observados y sobre la construcción de la identidad a través de la mirada ajena. Esta vez, incluyéndoles nombres de filósofos a la disertación, pude escudriñar más en ese pensamiento.
Sartre, por ejemplo, habla de constituirnos en cosas vistas y evaluadas, en ser objetos frente a la mirada del otro, lo que nos hace conscientes de nuestra imagen y moldea nuestro comportamiento. En un contexto de regímenes autoritarios, la palabra observación se reemplaza por el concepto de vigilancia; se elimina la mera contemplación por una evaluación moral de tus actos. Así tenemos a un Foucault analizando el Panóptico de Bentham (una cárcel donde los presos podían ser vigilados todo el tiempo), incluyendo el castigo como resultado de esa vigilancia y el restringirse de actuar por las posibles consecuencias de ser observados y juzgados. También hay una teoría de Charles Horton Cooley que dice que construimos nuestro "Yo" a partir de cómo creemos que otros nos ven. Sin proponérnoslo somos un referente a partir de la idea que alguien se hace de nosotros, con todas las limitaciones que pueda tener su observación, desde preconceptos hasta pensamientos condicionados. Erving Goffman se atreve a decir que la vida social es como un teatro: cada uno actúa un “papel” porque sabe que los demás lo observan y evalúan, y que vivimos en una constante interpretación.
Teniendo en cuenta este orden de ideas, me hace sentido cuando, en algunas circunstancias, las personas se sienten defraudadas por una actitud tuya que no encaja con la identidad que crearon de ti a partir de su subjetiva observación; o cuando otras tantas te clasifican y categorizan de tal manera que se sienten capaces de definir qué características puedes o no tener según su concepto.
Personalmente, no olvido cuando alguien simplemente sentenció: “Tú no eres tierna”, después de que yo había comentado que otra persona, bajo una visión muy personal, me había descrito justo con esa palabra. Si soy tierna o no, eso no está en discusión; posiblemente lo sea bajo determinadas circunstancias y con las personas que me inspiren esa condición. El punto es ser el "objeto" del que habla Sartre y ser categorizado bajo esquemas rígidos y binarios en aspectos tan circunstanciales como la ternura.

Pensando en eso, siempre trato de ser consecuente con quién soy y con qué siento, decir exactamente qué me gusta y guardar coherencia entre actos y pensamientos. Eso no quiere decir que no haya lugar a ambigüedades, a perspectivas o a cambiar de opinión, sino a ser siempre yo. Así, el saber que somos observados nos permite la ilusión de esperar a que alguien note el maravilloso ser humano que eres, tu correcta forma de hacer las cosas, y que valore tu carácter y lo mucho que te esmeras por hacer las cosas bien. Que note cómo en cualquier proyecto pones todo el empeño en prepararte, cómo planificas, te organizas y ejecutas con responsabilidad. Y tal vez un día te amen por aquello que te hace ser tú, que fue precisamente lo que bajo otras miradas te descalificó. Y adoren tus hoyuelos, tu tenacidad, tu sentido de la responsabilidad, el amor bonito y valiente que ofreces, los cuidados que profesas, tus historias y tus datos interesantes; les encante escucharte hablar y se pongan felices al verte; recuerden que te gusta el yogur griego, el coco en todas sus presentaciones y las semillas de marañón, y eso les parezca fantástico. Y, tal vez, debas empezar a buscar esa mirada frente al espejo, mientras el alma hace callo para que le resulte irrelevante que algunos, teniendo la panorámica completa y la suscripción VIP, no te hayan sabido observar. Y a todas estas, después de tanta reflexión, solo me queda una pregunta: ¿Qué habrá sido de la vida de Carlitos?




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