BRENDA
- Mayra Cotes

- 7 sept 2025
- 5 min de lectura
Yo podría decir que a Brenda me la recetó el doctor y sería técnicamente correcto. Brenda es mi vehículo. Bautizada así por mi hijo menor —no me pregunten por qué—, él tiene una imaginación desbordante: los motivos pueden ser inconexos y delirantes o, en últimas, debe ser que le vio cara de Brenda.

Brenda no es mi primer vehículo, es el segundo. Antes de ella estuvo Fuerte, ya saben quién le puso el nombre, pero de este sí puedo dar testimonio del momento en que su nombre fue concebido. Era un Megane de muchos años; con él aprendí a manejar, a sortear situaciones en la escasez como: reparchar sus llantas en vez de cambiarlas por nuevas aun cuando ya lo necesitaban, a no usar siempre el aire acondicionado para no gastar tanta gasolina, a lavarlo yo misma para ahorrar en gastos, pagué la primiparada de explorar mecánicos hasta dar con aquel en quien pudiera confiar, el honesto, que hiciera bien su trabajo; cosa que no fue fácil porque en ese recorrido muchos me vieron la cara.
El día en que a Fuerte se le puso el nombre fue aquel en el que me aventuré a ir a una zona campestre, me enfrenté a una pendiente bien pronunciada. Todos los que íbamos en ese auto entramos en pánico al ver cómo el inclinado terreno y mi falta de pericia no nos permitían coronar la cima y, contrario a esto, nos deslizábamos hacia abajo. Según mi hijo, el auto hizo su máximo esfuerzo y logró vencer el camino, eso sí, dejando marcado en el pavimento las huellas de su tenacidad y, en el ambiente, un aroma triunfal a caucho quemado. Fue fuerte y lo logró.
Al parecer, en mi hogar como en muchos de mis escritos, las cosas tienen voluntad y determinación propia, personalidad y talentos; porque fue gracias a la fortaleza de Fuerte que pudimos subir a la cima, no al esmero de su servidora, enfrentando sus miedos y falta de experiencia, sudando entre la primera, el cloche y el freno de mano. En ese instante Fuerte fue bautizado por mi hijo.
El escrito no se titula Fuerte porque, aunque debo agradecer mucho por haber tenido ese vehículo, sus condiciones me hacían experimentar otras emociones y retos que, de momento, no es de lo que quiero hablar. Fuerte fue sacrificio, afrontar retos, pagar novatadas y eso será motivo quizá de otro escrito.
Por ahora, les cuento que, con él supe que era estar un domingo metida en un taller, hacer peripecias para acomodar la silla de ruedas de mi hijo en un auto sedan, usando un soporte para bicicletas, porque el espacio del baul no era suficiente, lo cual me exigía mucha fuerza física, paciencia y soportar una gran frustración.
Con Brenda la cosa ha sido de confort y comodidad. pasé de los dolorosos a los gozosos.
El aire acondicionado ha sido el plus de Brenda. Y yo, que estoy en esa época de la vida del calor interno, pero para colmo vivo en el trópico, en el Caribe para ser exactos, la única temperatura que admito en su interior es aquella que me haga permanecer con los cachetes helados; que, cuando me baje y salude, me digan: “¿Cómo estás de fría?”. Ya cuento con un mecánico fabuloso que llega a mi rescate si así lo requiero, y en este tiempo tengo mayor facilidad para adquirir gasolina y repuestos.
Con Brenda puedo sentir que el camino recorrido con Fuerte valió la pena y que es apenas consecuente su llegada con el aprendizaje ganado, como que es mi premio al calvario, la redención al fin.
Brenda me ayuda a digerir las tristezas, regalándome el espacio ideal para echar la lloradita antes de entrar en casa: después de conducir, libre de peligro en el estacionamiento y justo antes de entrar a mi hogar. Me seco las lágrimas, respiro profundo y continúo. No me negarán las otras madres que lean esto que, a veces, hasta las lágrimas hay que agendarlas, para poder cumplir con todo lo que debemos hacer, pero sin dejarnos acumular basura en el contenedor de nuestras cabezas.
Me lleva y me trae todo el día a donde tenga que ir a cumplir con mi deber, pero también me pasea a donde me pegue el antojo: playa, campo o la ciudad vecina, si así me parece. Me ofrezco a traer y llevar amigos todo el tiempo; se siente gratificante compartirla y que quienes me rodean puedan también disfrutarla. Así que es común escucharme decir: “Yo te llevo”, “Yo te voy a buscar al aeropuerto”, “Ya paso por ti”.
Ya tomé cierta pericia conduciendo, pero me he acostumbrado tanto a ella que olvidé por completo manejar un carro mecánico. Eso siempre me apena mucho: olvidar algo que ya tenía dominado, como olvidé hacer integrales y balancear ecuaciones químicas. Por eso me aferro a mi automática Brenda y evito los autos mecánicos.
Conducir, en general, da esa sensación de libertad en la que no hay límites y vas veloz a ver qué te depara el destino. A veces me alucino pisando el acelerador y no detenerme en muchas horas, solo para ver hasta dónde soy capaz de llegar. Ahora no me quedo donde no me quieren o donde no quiero estar, esperando que sea otro el que decida por mi y voy a donde yo quiera ir sin preguntarme si alguien más está de acuerdo.
Ah, pero el asunto era contarles cómo fue eso de que me la recetaron. En medio de una consulta psicológica, agobiada por todos los frentes que debía cubrir al mismo tiempo, recién arrojada a una situación que no vi venir, para la cual no estaba preparada y que no me dejaba espacio para gestionar el duelo de una separación, sino que debía resolver en la inmediatez y estar al cuidado de las que dependen de mí. Tal vez faltando a su condición de terapeuta de no decirle al paciente qué hacer, ante el listado de mis preocupaciones exclamó: “Tú lo que necesitas es un carro”. Así, sin más, sin ahondar en heridas de infancia, ni sugerencias de conversaciones tipo sándwich, ni cartas a mi niña interior.
Un carro necesitaba, y así, pragmática y certera, me inoculó esta idea en la cabeza. Se direccionaron todos mis esfuerzos a lograr ese fin y, siguiendo su consejo, pude deshacerme de muchas de mis angustias. Conocí la libertad del movimiento cargando todo mi equipaje.
Brenda no fue una lección de soltar, ni de cargar con sufrimiento como con fuerte, fue un “muévete a donde quieras cargando con todo lo tuyo, que el baúl es grande”. Porque, finalmente, soltar los problemas no es resolverlos e ignorarlos no es opción



Comentarios