El gallo
- Mayra Cotes

- 19 sept 2025
- 3 min de lectura
Una forma en que los franceses hacen mofa de su emblemático animal nacional, el gallo, es afirmar que los representa a la perfección, pues es el único animal que puede cantar con las dos patas sumergidas en el estiércol: “Un coq chante les pieds dans la merde”.

A simple vista, y haciendo un consenso general, esta frase es un claro guiño a la resiliencia. Saberte sumergido en la escoria y, aun así, tener motivación para cantar es suficiente razón para sentirte orgulloso. Hablo de orgullo del bueno: que todo un país se sienta identificado con ese pensar da la idea de una nación unificada y luchadora.
Pero juguemos un poco a ponernos suspicaces y maliciosos y tratemos de encontrar otros significados o asociaciones a la frase: bien pudiera interpretarse entonces como soberbia, por el estigma asignado a los gallos de arrogantes; o, ¿qué tal si se refiere simplemente a que son madrugadores, a que en su dieta hay mucho maíz, a que les gustan las peleas o a que son de corto… vuelo, como las aves de corral?
No conozco a fondo a nadie proveniente de ese país y no tengo mayor acercamiento a su cultura que los clichés que presentan los medios y mis intentos lentos e inconstantes por aprender a hablar el idioma (para usarlo algún día en ese añorado viaje que toda escritora supone debe hacer a tomar café a orillas del Sena para encontrarse a sí misma).Así que ninguna afirmación que yo haga al respecto tiene alguna validez documental. Es sólo jugar un poco con la coloquial frase.
Ciertamente,( lo que cuento a continuación si está en los textos) el asunto del gallo como animal nacional es una premisa no oficial. Se cree que lo adoptaron como tal por el parecido fonético de la palabra galo con gallo. Los galos eran los habitantes celtas de la actual Francia a finales de la Edad Media, antes de la conquista romana. Al parecer, también eran aficionados a las peleas de gallos, y se cree que fueron los romanos quienes crearon el juego de palabras.
Por cierto, tengo una teoría sobre el parecido de la música celta con el vallenato y, viendo la geografía de esta región, la cercanía con España y la homogenización —para bien o para mal— que dio la expansión de este imperio, así como la manera en que absorbían habilidosamente las culturas de los países invadidos, creo que no está tan traído de los cabellos que yo encuentre semejanzas musicales entre la música celta y nuestro folclórico, multiétnico y deconstruido vallenato. Pero de eso hablamos otro día.
Retornemos a la frase: “Un coq chante les pieds dans la merde”. Asumamos que se refiere a resiliencia, a mostrarnos felices a pesar de estar en circunstancias poco favorecedoras, a encontrar propósito en medio de la adversidad. El amanecer como símbolo de renacer, de una nueva oportunidad, es casi irrefutable. El estiércol, la sensación de suciedad y el caos que connota un gallinero tampoco se discuten mucho. El gallo se asocia, entre otras cosas, a fuerza y valor, sin duda. Pero me deja pensando el hecho de que cantar se asuma directamente como felicidad.
¿Se canta solo cuando se es feliz?
El canto es muchas veces desahogo de una profunda tristeza o, incluso, en sentido inverso, hay melodías que evocan pesares inexistentes y terminan en un llanto desmesurado en quien las escucha.
Se canta también como evocación de la fuerza antes de iniciar una batalla, para crear unidad en la colectividad que se lanza a la guerra y, con ello, además, atemorizar al contrincante: el famoso haka, la danza de guerra maorí de Nueva Zelanda es la muestra más emotiva de ello.

Se canta en arrullos maternales buscando adormecer a una criatura y, aunque las melodías son suaves y pausadas, muchas veces, la intérprete es una mujer desesperada, que suplica, porque debe terminar un número exagerado de labores y espera que, mientras el infante sueña, pueda cumplir con todas sus obligaciones. No canta feliz: es un clamor para poder responder a todo sin descuidar a su cría.
Manteniendo la imagen del gallo en mi cabeza, con sus patas hundidas en estiércol y cantando para despertar el día, no puedo evitar incluir, en el abanico de posibilidades de asociación, a los desvelados: aquellos que quieren arrojarle un zapato al gallo y ruegan por dormir cinco minuticos más.





Comentarios