Un acto de fe
- Mayra Cotes

- 30 sept 2025
- 6 min de lectura
¿No te pasa que vas al supermercado y al hacer las compras de la semana, estando en la banda registradora a punto de pagar, miras los productos dispuestos estilo bufete y piensas: ¡ojalá no se me dañen las cosas!, incluso compras la papaya un poco verdona para darle tiempo a que madure en casa y no se descomponga antes de que puedas consumirla?.
Tratas de comprar la carne y vas pensando el lunes comemos hígado, el martes cerdo, el miércoles pollito y ahí mientras esperas para pagar te vas imaginando el menú día a día de la semana. Lo mismo con las meriendas del colegio, vas haciendo las cuentas de cuantos días durarán y cuentas con que te duren hasta el fin de semana para que los hijos puedan incluso disfrutarlas esos días.
Es decir, tu das por hecho que vas a sobrevivir una semana más. Que tendrás vida tiempo y salud para disfrutar de esa comida. Incluso piensas, si es fin de mes, que esperas que te alcance hasta el próximo sueldo porque ya casi no te queda dinero. Y cuentas con que esa remesa llegará para volver al mercado y supones que tendrás incluso otra semana más.
Hacer mercado es un acto de fe.
¿Qué tal cuando vas en tu auto? Pones el seguro a la puerta y subes los vidrios creyendo que ese material no blindado te brinda protección todo el camino de vándalos y sus asaltos. Convencido que estas aislado del mundo porque se te minoriza el ruido al interior del auto y es menos probable percibir los olores del entorno, la salpicadura de los charcos que dejó el aguacero de la noche anterior o el inclemente sol en tu cabeza. Y no sólo eso, esperas que por lo menos de tu parte, que, al cumplir todas las normas, respetar semáforos y señales de tránsito, estes librado de todo mal. Conducir es un acto de fe. Pero también te pasa en el transporte público, confías en que el conductor sabe manejar, que tendrá pericia para sortear las sorpresas del camino en que no estará embriagado, que no se desmayará que no sufrirá un infarto, porque estoy segura que si de alguna manera mágica tuvieras la certeza que la persona que tiene su vida en tus manos sufrirá un sincope en algún momento, no subirías a ese bus moto taxi o cualquiera que fuera el medio de tu predilección para llegar a tu destino.
Tomar transporte público es un acto de fe.
Te compras ropa en esas aplicaciones baratas entre comillas, porque son enviciadoras y a la larga la lista de pedidos crece entre oferta y oferta y resulta que sumado puedes tener otra semana más de mercado, pero hay que aprovechar que el anuncio dice rebajado, esperas con ansia que el mensajero llegue con tu encomienda para darte esos minutos de felicidad anhelados que te da abrir un paquete nuevo, así sea de un regalo que tu mismo compraste para ti.
Comprar es un acto de fe.
Mandas a tus hijos a la escuela confiado en que regresarán, que los volverás a ver al medio día, si están en edad escolar o esperas que tengan la sensatez de tomar buenas decisiones y en sus salidas nocturnas elijan comportamientos prudentes como no tomar y conducir si están en su época universitaria y que esas decisiones les garantizarán un feliz regreso. Que la adversidad no tocará a tu puerta porque en definitiva no puedes controlar todos los factores que los rodean, clima, inseguridad, un sismo incluso o cualquier tipo de hechos mínimos que desencadenen una secuencia de eventos absurdos que terminen jugándote una mala pasada. O si sus destinos se han sellado en otra ciudad en otro país, haces planes para recibirlos en navidad, vas pensando como los acomodarás porque el tiempo pasa rápido y cuando quieras ver ya serán esas fechas, sacas los adornos de navidad que meticulosamente guardaste el año pasado, porque estás seguro que los usarás este año también.
Dar por hecho a tu familia es un acto de fe.
Y al dormir pones tu alarma, convencida que despertarás a la mañana siguiente. Y ves esas horas inconsciente en tu descanso, como el portal sagrado, el vórtice que te da paso a una nueva oportunidad y ves cada nuevo día como comienzo.
Vivir es en general un acto de fe.
Y no puede ser de otra manera
Un acto de fe

¿No te pasa que vas al supermercado y, al hacer las compras de la semana, estando en la banda transportadora a punto de pagar, miras los productos dispuestos estilo bufé y piensas: ¡ojalá no se me dañen las cosas y alcancen para toda la semana!? Incluso compras la papaya un poco verdona para darle tiempo de madurar en casa y que no se descomponga antes de que puedas consumirla.
Tratas de comprar la carne disponiéndote a distribuirla variando el menú: el lunes comemos hígado, el martes cerdo, el miércoles pollito… Y ahí, mientras esperas para pagar, te vas imaginando las recetas día a día de la semana siguiente. Lo mismo con las meriendas del colegio: vas calculando cuántos días durarán y presupuestas que alcancen hasta el fin de semana para que los hijos puedan disfrutarlas también esos días.
Es decir, das por hecho que vas a sobrevivir una semana más. Que tendrás vida, tiempo y salud para disfrutar de esa comida. Incluso piensas, si es fin de mes, que esperas que te alcance hasta el próximo sueldo, porque ya casi no te queda dinero. Y cuentas con que la remesa llegará a tiempo para volver al mercado y abastecer tu alacena; Y así no goces del privilegio de un salario, de alguna manera sabes que encontrarás la forma de tener un sustento.
Hacer mercado es un acto de fe.
¿Qué tal cuando vas en tu auto? Pones el seguro de la puerta y subes los vidrios creyendo que ese material no blindado te brinda protección durante todo el camino contra vándalos y asaltos. Y conduces tranquilo refugiado en tu cápsula de falsa seguridad. Convencido de que estás aislado del mundo porque se minimiza el ruido en su interior y es menos probable percibir los olores del entorno, no te alcanzan las salpicaduras de los charcos que dejó el aguacero de la noche anterior o no te calcina el inclemente sol sobre tu cabeza. Y no solo eso: esperas que, al cumplir todas las normas, respetar semáforos y señales de tránsito, estés librado de todo mal y no sufrirás un accidente.
Conducir es un acto de fe.
Pero también te pasa en el transporte público: confías en que el conductor sabe manejar, que tendrá pericia para sortear las sorpresas del camino, que no estará embriagado, que no se desmayará ni sufrirá un infarto. Porque estoy segura de que, si de alguna manera mágica tuvieras la certeza de que la persona que tiene tu vida en sus manos sufrirá un síncope en algún momento, no subirías a ese bus, mototaxi o cualquier otro medio de tu predilección para llegar a tu destino.
Tomar transporte público es un acto de fe.
Te compras caprichitos innecesarios en esas aplicaciones “baratas” —entre comillas— porque son enviciadoras y, a la larga, la lista de pedidos crece entre oferta y oferta, hasta que, sumado, resulta que podrías haber comprado otra semana de mercado. Pero hay que aprovechar que el anuncio dice rebajado. Esperas con ansia que el mensajero llegue con tu encomienda para darte esos minutos de felicidad anhelada que trae abrir un paquete nuevo, así sea un regalo que tú mismo te compraste, abres con ansia la emboltura esperando que no te decepcione y cumpla las promesas que prometió el anuncio.
Satisfacer antojos es un acto de fe.
Mandas a tus hijos a la escuela confiado en que regresarán, en que los volverás a ver al mediodía si están en edad escolar, o esperas que tengan la sensatez de tomar buenas decisiones en sus salidas nocturnas si están en la universidad: como no beber y conducir, para que esas decisiones les garanticen un feliz regreso. Confías en que la adversidad no tocará a tu puerta, porque en definitiva no puedes controlar todos los factores que los rodean: el clima, la inseguridad, un sismo, incluso hechos mínimos que desencadenen una secuencia absurda de eventos desafortunados que terminen jugándote una mala pasada como en la más creativa de las películas de terror de inicios del dosmil.
O, si sus destinos se han sellado en otra ciudad o país, haces planes para recibirlos en Navidad. Vas pensando cómo los acomodarás en casa a ellos y a la familias que formaron, porque el tiempo pasa rápido y, cuando menos lo esperes, ya serán "esas fechas". Sacas los adornos de Navidad que meticulosamente guardaste el año pasado, porque estabas seguro de que los usarías este año también y vas desempolvando renos de peluche, pesebres de plástico y evaluando las condiciones de manteles y cortinas para hacerles un retoque de ser necesario y que estén listos para los encuentros.
Dar por hecho a tu familia es un acto de fe.
Y, al dormir, pones tu alarma, ya que tienes fe que estarás vivo a la mañana siguiente, dormido, pero vivo. Ves esas horas de inconsciencia en tu descanso como un portal sagrado, el vórtice que te da paso a una nueva oportunidad, y miras cada nuevo día como un comienzo.
Escribir mis cabilaciones y contar con que voy a ser leída por ustedes es un acto de fe.
Vivir, en general, es un acto de fe.
Y no puede ser de otra manera.



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