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Cambié de teléfono

  • Foto del escritor: Mayra Cotes
    Mayra Cotes
  • 24 jul 2025
  • 3 min de lectura

Cambié de teléfono, y este hecho tan simple me ha generado varios cuestionamientos. Lo primero fue que, al pasar mi WhatsApp al nuevo, perdí todos mis archivos. Conversaciones que atesoraba para refugiarme en ellas cuando lo necesitaba, como citas infalibles con el recuerdo; máquinas del tiempo que me hacían aferrarme a ideas, a confirmar supuestos, a consuelos de “algún día lo admitió”. Incluso información concreta, útil, necesaria, de la que ahora carezco y no puedo recuperar.

Viví un duelo. Sentí un vacío en el estómago cuando vi que los diálogos no estaban. Aún no me recupero. Una sensación de ser habitada por una nebulosa oscura me invadió; una angustia, un desasosiego.

finalmente, una invitación a la reflexión: a dejar ir, a no aferrarme a nada, a actualizar la realidad y no vivir anclada a lo efímero; a aceptar lo presente.

El presente con su independencia, con su adultez, con su soledad.


El presente con esa sensación de orfandad, de tener que hacerme cargo, de que soy mi único refugio. Esa verdad comprometida a mi voluntad para seguir adelante. Voluntad que no siempre tengo, pero que es ineludible: “tener que hacerme cargo”.

 

Por otro lado, la vulnerabilidad de la ignorancia. Saber que no sé, pedir ayuda y no recibirla, porque el otro tampoco sabe o porque no le interesa perder su tiempo en asuntos que no sean los suyos. Mientras mi vida está vuelta un ocho con trámites de bancos congelados y contraseñas que no recuerdo —que sabía que no iba a recordar— y por eso las apunté en un lugar supuestamente seguro… que ahora tampoco recuerdo.

Y me desespero al saber que la única persona en la que puedo confiar, la única que tiene la obligación de hacerse cargo de mí y cuidarme (yo), no está capacitada para el cargo.

 

Estoy en crisis, cuestionándome la superflua decisión de cambiar un aparato, una cosa, algo fuera de mí, que no nació conmigo ni de mí, y de la que dependo —a razón o a fuerza— si quiero pertenecer y funcionar en el mundo actual.

Ese aparato que me genera independencia una vez lo domino, pero que, cuando aún no lo hago, me resalta lo esclavizada que vivo (como todos) del sistema.

Y es que yo no soy de batallas heroicas, de mártires que trascienden.

Yo siempre elijo sobrevivir.

Si quiero pertenecer a este mundo, cumplo sus normas. Mi revolución no es la batalla, es la resistencia. Con decirles que, si yo fuera Neo, hubiese elegido la pastilla azul.

 

Y cada vez me cuesta más aprender. No sé si por falta de inteligencia o por el escozor tácito que produce la fase de aprendiz. Me cuesta volver al cinturón blanco.

Yo me siento cómoda y segura en el conocimiento.

Quisiera saltarme la fase de la torpeza, del tambaleo, de caminar tres pasos y caer.

Yo quiero, de una, andar con ritmo y sabiendo para dónde voy, porque reconozco que no me tengo compasión y no voy a ser tolerante con mis equivocaciones.

 

Y estoy acá, dudando de mis decisiones, escribiendo para entenderme, reflexionando sobre algo tan materialista como haber cambiado de celular, sólo motivada por tener una mejor cámara para grabar yo misma los videos de mis cuentos y poemas.

Cuentos y poemas que escribo para sosegar mi alma, y ahora lo que menos tengo es sosiego.

Y pensar que toda esta angustia sólo la calmaría saber cómo generar, en el aparatico nuevo, la clave dinámica de la aplicación de mi banco.

 

Actualización: Fui al banco y ya logré actualizar datos después de mucha asesoría. Me volvió el alma al cuerpo y ya nada es tan terrible. Ya dejé de regañarme.

 


 
 
 

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