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ZEUS JULIO VERGARA CORCHO.

  • Foto del escritor: Mayra Cotes
    Mayra Cotes
  • hace 4 días
  • 4 min de lectura


A Zeus lo conozco desde que ambos carecíamos de cédula. Cuando explorábamos el universo de las posibilidades académicas de la educación superior y ninguno de los dos tenía la más mínima idea de qué iba a hacer con su vida.

Caímos en una recién formada carrera de Ingeniería de Sistemas en nuestra universidad local, la cual vivía su propia revolución; cuando era una tierra hirviente a punto de separar Pangea y hacer cambios drásticos que la redefinirían para siempre. Carrera, dicho sea de paso, ajena a nuestros gustos y talentos. Sin embargo, al verse prometedora, parecía una buena opción sacrificar el placer de desarrollar nuestras vocaciones por la formalidad y estructura que la ingeniería insinuaba.

A mi regreso de Bogotá, de ese primer intento fallido por estudiar fuera, encuentro que la mayoría de mis compañeros de colegio habían encontrado su nicho en esa carrera de la ahora nuestra universidad. Tenían nuevos amigos con los que habían establecido estrechos lazos de hermandad, en la más primitiva muestra de agremiación de primates luchando contra las adversidades de la naturaleza en este recién formado planeta del postbachillerato.

Ahí estaba Zeus, adoptado por el grupo de las hembras que mejor usaban el pulgar oponible y descubrían el fuego; era el preferido por ellas dada su inocencia, belleza y carisma. Eran llamadas “Las peluches”, haciendo alusión a unos cuadernos en tendencia de la época. Las chicas eran brillantes entonces y son hoy día todas excelentes profesionales. Resguardaban a Zeus como su ejemplar masculino de confianza: bien portado y criado como todo un caballero, aportaba resguardo al grupo sin convertirse en un asediador del que tocara protegerse. Posteriormente, se hizo novio de una de mis amigas del colegio y, por supuesto, eso significó tener que integrarlo a mi vida.

En esos tiempos no sabía bailar, pero luego hizo parte de una escuela de baile con la que incluso se ganaría después algunos pesos participando en sus presentaciones. Muy poco salía, para luego convertirse en el infaltable miembro de las excursiones, el explorador más entusiasta y el más conocedor de rutas y trucos de acampada. Finalmente, el noviazgo con mi amiga terminó, pero el contrato de adopción conmigo nunca caducó y ahora, todo un cincuentón asalariado, sigue siendo parte de mi vida. No deja de ser el mismo adolescente inocente y carismático que brinda a nosotras, sus amigas, la misma protección masculina sin que tengamos que cuidarnos de él.

No está de más decir que ninguno de los dos terminó la carrera de ingeniería. Él finalmente encontró su destino en la Psicología Social. Su trabajo consiste en ir a lugares recónditos del país en los que no hay un hospedaje regular a dialogar con comunidades que han vivido el conflicto armado; es decir, trabaja haciendo camping. Aun así, cuando viene a Santa Marta, sigue ávido de vivir las mismas aventuras al aire libre de la adolescencia y nos exhorta a los amigos a los paseos rupestres de aquel entonces, aun cuando todos insistimos en que ya no estamos para esos trotes. Si el paseo no incluye hotel con spa, mejor no, porque no vaya a ser que nos truene la rodilla, se nos suba la presión o nos insolemos por allá, y luego cómo volvemos.

Pero bueno, les mencioné que le gusta el baile y los paseos, pero en realidad lo que más lo apasiona es la música; su gran afición es cantar. Tiene una playlist tan kilométrica como variada, conoce canciones que nadie jamás ha escuchado y carga su amplificador a todos lados por si hay ocasión de escuchar música y cantar a todo pulmón. Por eso, cuando nos encontramos, puede faltar el paseo y el baile, pero nunca el karaoke.

Zeus Julio es la única persona que puede hacer sonar un insulto como el más afectuoso de los saludos. Me dice “cabezona” y se siente una real expresión de cariño. O me hace el más tierno gaslighting cuando me repite la frase “¿Ves? Yo te dije”, sin ser cierto que me haya dicho nada, solo por terminar de manera jocosa una conversación.

Me encanta cuando salimos y, ante algún temor mío, dice: “Dale, que vas conmigo”. Yo, ni corta ni perezosa, le sigo la corriente y me siento herméticamente protegida, aunque racionalmente su presencia no me esté brindando garantías de un efectivo blindaje. Es acuariano como yo; y para los que no creen en signos zodiacales, que me expliquen por qué dos personas criadas en familias diferentes, que comparten mes de cumpleaños, sin ser músicos sienten tanta pasión por la música, le tienen tanta fobia al encierro, mueren por contemplar la naturaleza y se esmeran por conservar lazos de amistad como nos pasa a Zeus y a mí.

La vida lo juntó finalmente con Mabel, su compañera de aventuras, con la que comparte su pasión por el mar, el amor a los perros y la ilusión de construir día a día su familia de dos. Cada año regresan a Santa Marta —ellos residen en Bucaramanga— a disfrutar el mar y visitar a la familia de él. De paso, el contrato de adopción se ramificó y yo me gané también una compinche en su ahora cónyuge, con la que cuchicheo mientras le damos la vuelta a la carne, y Zeus hace la ensalada de aguacate en esos asados que organizamos en mi casa.

Y bueno, ¿que por qué Zeus es sinergia para mi creación literaria? Pues aparte de aportar buenas experiencias que le alegran la vida a esta autora, también me cedió unas maravillosas fotografías que tomó en los sitios que descubre en su trabajo y pude hacer con ellas el video de mi poema “Un solo remo”. Dicho esto, caigo en cuenta de que Zeus también tiene un talento deslumbrante con la fotografía.


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